Cumpliendo sueños

Siempre fui una soñadora. Soñaba despierta, imaginando otras vidas, vivencias utópicas que anidaban en mi mente como si fueran reales. Una imaginación sin límites estimulada por una desmedida pasión por la lectura que me acompañó desde la niñez. Entonces, era voraz y poco selectiva. Leía y leía, sin orden ni concierto hasta que la exigua biblioteca de mis padres fue quedándose sin títulos que me sedujeran. Entonces, era el orden de los libros en la librería, la foto que ilustraba la cubierta de una novela, una cita sugerente de un autor en un epígrafe o un atractivo prólogo, la razón por la que ése libro y no otro, acababa bajo mi almohada para llenar de historias, leyendas o sueños mis noches en vela. Leía a escondidas en la cama mientras la linterna que alumbraba aquellas páginas transformaba las sombras en personajes y héroes que daban luz a mi habitación.

La mejor edad es cuando dejas de cumplir años y cumples sueños.

Por eso a nadie le extrañó que quisiera ser periodista. Escribir y contar historias eran todas mis aspiraciones antes de imaginarme en un velero. Con el tiempo, aquellos sueños fueron cumpliéndose sin ser yo apenas consciente, sin luchar demasiado por conseguirlo, sin ni siquiera tiempo para saborear los éxitos o asumir los errores. Algunos decían que había nacido con estrella pero yo seguía creyendo que para hacer realidad cualquier deseo sólo había que soñar…

Así que sigo haciéndolo, incluso cuando el declive profesional y los sinsabores de la vida me golpean haciéndome creer que los ideales que me quedan por lograr se perdieron bajo el manto de la desesperanza. Fueron dos largos años de oscuridad y ostracismo, de pastillas que enmascaraban la tristeza. Sin fuerzas ni ilusiones para luchar; sin trabajo y con mis hijos a punto de abandonar el nido, mi vida parecía no tener sentido. Abarloada al fatalismo, a punto estuve de tirar la toalla, de darlo todo por perdido. A los cambios hormonales propios de la edad se sumaba el vértigo que me producía comprobar que todo se derrumbaba a mi alrededor y que me sentía incapaz de encontrar el rumbo. Había llegado a la mitad del camino, a esos temidos 50.

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