El pueblo español que «venera» al dios Baco«Esta será la peña más fiel de Castilla», reza en el escudo de Peñafiel dando así fe de las palabras del conde castellano Sancho García cuando, en el siglo XI, reconquistó la villa. Y Peñafiel sigue siendo fiel a sus raíces, pero ha evolucionado hasta convertirse en uno de los paraísos del enoturismo y de la gastronomía. El nombre de Peñafiel suena a vino, a Ribera del Duero y a lechazo (cordero lechal) pero nada tiene que ver en la actualidad con aquel municipio que, hasta los años 80, vivía, sobre todo, de la agricultura y un poco de los servicios, como cabecera de comarca que es, y de los miles de «forasteros», nombre con el que se apodaba a los emigrantes hijos del pueblo que retornaban a su tierra cuando llegaba el verano. Hoy, los turistas se han multiplicado y no solo llegan en verano sino durante todo el año porque la capital vallisoletana de la Ribera del Duero se ha transformado en un gran foco de atracción. El campo, en el sentido más primigenio de la expresión, sigue siendo una de sus principales fuentes de ingresos pero la agroindustria y, fundamentalmente, el vino se han convertido en el símbolo de la tierra, acompañado siempre por un buen lechazo. No es casualidad que el buque insignia de Peñafiel, el castillo, cuya existencia data del siglo X -fue reconstruido por el infante Juan Manuel en el XIV- y que se eleva imponente en un altozano, se convirtiera con la llegada del nuevo siglo en el Museo Provincial del Vino. Situado en el patio sur de la fortaleza, ofrece un recorrido por el proceso de elaboración de los caldos, desde la viña que ve crecer el fruto, hasta el embotellado final, regado con la historia y tradición de las gentes de la Ribera del Duero. Por sus instalaciones pasaron en el último año más de 90.000 personas, pero es que alguna de las bodegas del municipio contabilizan hasta 40.000 visitas. La plaza del Coso, uno de los iconos de Peñafiel – Turismo Peñafiel
Los turistas que llegan a Peñafiel se sumergen en el mundo del Dios Baco con todo un rosario de actividades que muchas de sus 35 bodegas ofrecen y que van desde completas visitas a sus instalaciones a catas, degustaciones o maridajes. No hay que olvidar que en esta localidad vallisoletana, bañada por el Duero y el Duratón, arrancaron los vinos de la Ribera del Duero cuando, en el año 1927, un grupo de viticultores de la comarca creó La Bodega, el germen de Protos que, en el año 2010, levantó a los pies del castillo unas vanguardistas instalaciones obra del estudio de Richard Rogers. Otra de los iconos de Peñafiel es la plaza del Coso, una construcción medieval compuesta por 18 edificios que conforman un espacio público para celebrar, de entrada, festejos taurinos, como los que se celebran a mediados de agosto en honor a la Virgen y San Roque, pero también la tradicional Bajada del Ángel, el Domingo de Resurrección que cada año reúne a miles de personas. Su delicada restauración ha permitido mantener la esencia de la que es considerada una de las plazas de toros más antiguas de España. Donde sí se ha dejado notar el cambio es en la hostelería que, en pocos años, ha pasado de tener una oferta limitada a sumar varios establecimientos de tres estrellas, a los que hay que añadir las casas rurales que se distribuyen por todo el municipio. Precisamente, los cambios impuestos por la economía han permitido la conversión de lo que antaño fueron fábricas de harinas en modernos hoteles avalados por la calidad de sus estrellas. No es pues de extrañar que el turismo se haya abierto camino en un municipio de 5.200 habitantes y tenga un impacto económico anual de más de dos millones de euros. «Chúndara»
Hoy, no sólo en el mes vacacional por excelencia, también en las épocas del año consideradas fuera de temporada, la estampa de turistas recorriendo calles, plazas y soportales es ya un clásico. En vehículos particulares o en excursiones colectivas, en grupos con guía o más discretos, hay una suerte de foto fija que se repite cada fin de semana: la de visitantes que se paran en las tiendas de comestibles, en los lugares de recuerdo, en la calle que nos lleva del Ayuntamiento al Viejo Coso y que en las fiestas de agosto acoge el tradicional «Chúndara» , una colorista procesión cívica en la que peñafielenses y visitantes, junto con las autoridades y la Banda Municipal, bailan y cantan la adaptación del pasodoble «La Entrada», de Quintín Esquembre. Hace años, quizá ya alguna década, el visitante se enfrentaba a entrañables colmados con las referencias más clásicas; hoy, sin perder ese trasunto de tienda de pueblo, Peñafiel vela por la calidad, un correcto etiquetado y la garantía de la trazabilidad de sus productos. Ayer, el cliente llegaba de Valladolid, de la cercana Aranda de Duero, puede que incluso de Madrid. Hoy, todo es mucho más fácil, más próximo, y no habrá una sola comunidad de la que no lleguen interesados en asomarse a unas almenas que hablan varios idiomas. El turismo de Peñafiel representa ahora un impacto de más de dos millones de euros al año – ABC
El precio de la vida
Un cuarto de lechazo en un restaurante en la década de los ochenta costaba unas 4.000 pesetas; hoy cuesta unos 42 euros. El precio de un jarro de vino (un litro) hace cuarenta años estaba por debajo de las 700 pesetas. Hoy, una botella de vino con Denominación de Origen Ribera de Duero tiene un precio medio en un restaurante de 12 euros si es Joven, precio que se incrementa hasta los 22 si se trata de Crianza.

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