Sitges, la iglesia de San Bartolomé y Santa Tecla

Una silueta irregular sobre el paisaje de Sitges preside el de Santa Caterina. Es la Iglesia de San Bartolomé y Santa Tecla. La singularidad de la imagen que proyecta –se alza sobre un “peñasco” frente al mar– hace intuir al que la contempla que es un lugar emblemático de la historia de la ciudad.

A simple vista, el edificio es un templo barroco de tres naves, pero su valor arquitectónico va más allá, pues se cimienta sobre restos de otras construcciones eclesiásticas.

Su construcción se inició en 1665 encima de vestigios de una iglesia gótica destruida durante los bombardeos de 1649. Prueba irrefutable de su pasado es el sepulcro que se halla en su interior y data del siglo XIV.

La presencia de la Iglesia en el pasado de Sitges

En el siglo XII, Sitges estaba bajo el control de la familia Sitges –adoptaron el nombre de la villa como apellido–. Esta familia vendió sus derechos de castellanía a Bernat de Fonollar, que fue señor de la villa desde 1306 a 1326. Tras su muerte, Sitges pasó a estar bajo el dominio señorial de una institución eclesiástica hasta el año 1814, fecha en la que se incorporó a la corona.

La tumba de Bernat de Fonellar –testimonio de ese periodo de historia– es la que se encuentra bajo el coro de la iglesia. De las anteriores edificaciones religiosas apenas se conocen datos de su diseño o apariencia, tan solo se sabe con certeza que el templo que ahora se yergue se asienta en el mismo lugar en el que se erigieron esas otras.

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Quizás por la estrecha vinculación de Sitges con el clero durante siglos, la historia de la ciudad –así como muchas creencias locales– están ligadas al entorno donde se encuentra ubicado este santuario católico.

En el exterior del templo dos leyendas

Suenan las campanas de San Bartolomé y Santa Tecla e involuntariamente la mirada se dirige a sus dos campanarios. Uno es una torre de planta octogonal y otro una estructura de forja y hierro, por ello que la silueta del edificio es irregular, no solo por su forma y tamaño, sino por el material utilizado…, así como por el siglo que en “nacimiento” los separa.

Al subir la escalinata que desde la playa conduce a la parte más alta del se deja abajo –parece que recién salida del agua– la escultura de una sirena que, según se piensa, si la tocas aprisiona un pedacito de tu alma para que siempre regreses a Sitges a buscarla.

Tras el último escalón, a mano derecha, se encuentra un cañón con otra leyenda: la de una doncella sitgetana. Según narran, fue disparado por la hermosa muchacha en defensa de su virtud y la de sus hermanas, con tal fiereza en la batalla que ella sola consiguió derrotar a los corsarios que se batieron en retirada… Pero la historia cuenta que, en realidad, el cañón es el único que se conserva de los seis que defendieron Sitges frente a brutales ataques de fragatas inglesas. Sea como fuere, el que hoy se encuentra es una réplica del original que se halla en el museo de Sitges.

Junto al cañón, el sonido de las olas compite para hacerse oír entre el tañer de las campanas y la visión de la pared rocosa y acantilada deja sin palabras.

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