Ignacio Ortega/EFE

  • El Palacio de Invierno es parada obligatoria: fue hogar de la familia imperial y ahora sede del museo del Hermitage.
  • El edificio del Instituto Smolni, hoy Ayuntamiento de la ciudad, fue la sede del primer Gobierno soviético.

San Petersburgo

“¡Viva la revolución socialista!“, proclamó Lenin a su llegada en abril de 1917 a la Estación de Finlandia, donde arengó a los Soviet a tomar el poder. Dicen las malas lenguas que los presentes apenas entendieron una palabra de lo que dijo Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin, pero esa frase causó auténtico furor y la arenga surtió efecto, ya que medio año después los bolcheviques se hicieron con el poder.

Lo ideal es recorrer San Petersburgo andando, aunque sus aceras y su irregular empedrado ponen a prueba hasta al más resistente de los caminantes. La estación podría ser perfectamente el punto de partida de un paseo tras las huellas de la Revolución, ya que frente a sus andenes aún se conserva el tren blindado al que se subió Lenin para pronunciar las llamadas Tesis de Abril. Y delante del edificio también resiste al paso del tiempo la estatua del líder soviético, una de las muchas que aún se pueden ver en la antigua capital zarista, epicentro de la revolución que cambió la historia del mundo.

Parada obligatoria es, por supuesto, el Palacio de Invierno, en su momento hogar de la familia imperial y ahora sede del museo del Hermitage, que aún conserva en sus salas las huellas de los disparos efectuados por los bolcheviques. En la Revolución de Febrero los manifestantes izaron en sus balcones el trapo rojo, como lo llamó un testigo francés, mientras cantaban la Marsellesa y coreaban la palabra república. En el golpe del 25 de octubre (7 de noviembre), los bolcheviques y marineros asaltaron el edificio y arrestaron al Gobierno provisional al completo, escena que Serguéi Eisenstein exageró considerablemente en su película Octubre.

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Al otro lado del río Nevá, se encuentra la Fortaleza de Pedro y Pablo, desde la que fue bombardeado el palacio y en cuyas mazmorras estuvieron encerrados numerosos revolucionarios. Precisamente, otra de las opciones es subirse a un tranvía fluvial, como llaman en San Petersburgo a los paseos en barco, lo que permite imaginar cómo volaban los proyectiles de un lado a otro de la ribera del río.

Surcando el Nevá uno puede llegar también al crucero Aurora, un protagonista crucial de la Revolución, ya que fueron sus marineros quienes dieron el cañonazo de salida de la revuelta en Petrogrado (San Petersburgo). El buque, que fue recientemente remozado, bien vale una visita, aunque es bueno recordar que el cañonazo fue realizado no desde su actual lugar de atraque, sino desde el conocido como Embarcadero Inglés, frente a la Casa Rumiántsev, donde fue erigido un pequeño monumento en 1939.

Nada más regresar a Rusia, Lenin tuvo su despacho en la Mansión Kshesinski, que ahora acoge el Museo de Historia Política de Rusia. Lenin trabajó en ese edificio durante meses hasta que el Soviet de Petrogrado fue trasladado al edificio del Instituto Smolni, que acoge actualmente el Ayuntamiento de la ciudad. Smolni, a escasos metros del espectacular Monasterio de la Resurrección, acogió el estado mayor de los bolcheviques antes de la revolución y, tras el éxito del golpe, fue la sede del primer Gobierno soviético.

La primera Duma de la historia de Rusia fue creada en 1906 y celebró sus sesiones en el Palacio Tavricheski, que tras la renuncia al trono por parte de Nicolás II en marzo de 1917, fue durante varios meses sede del Gobierno provisional. Al contrario de lo que contaban las películas de Eisenstein, Petrogrado solo fue escenario de combates callejeros tras la primera intentona revolucionaria, ya que la segunda fue relativamente incruenta, pero uno puede rendir memoria a los caídos en el Campo de Marte.

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Para despedirse del San Petersburgo más revolucionario hay que desandar el camino o dar marcha atrás a las manecillas del reloj y acercarse por el río Moika, afluente del Nevá, hasta el Palacio Yusúpov, hogar de una de las familias más ricas de su tiempo. Y es que el príncipe Yusúpov precipitó los cataclismos históricos que conducirían al derrocamiento del zarismo al asesinar en diciembre de 1916 al principal confesor de Nicolás II, Rasputin, cuyo cuerpo fue lanzado al agua desde el Gran Puente Petrovski.

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